Son las nueve de la noche, y no sé qué escribir. Me siento cómodamente frente a mi computadora y dispongo todo para que la creatividad fluya. Con sueños, ilusiones, fantasías y realidades, que finalmente resultan ser las más sorprendentes, sin embargo al ver la hoja en blanco solamente pienso en ti…
El reloj marca un cuarto para las diez. Me he pasado más de media hora divagando en tu recuerdo, reconstruyendo tu rostro parte por parte en mi cabeza. Hasta llegar a tus ojos. Esos ojos que penetran en mi alma. Ojos que ven más allá de esta falsa sonrisa, que se internan en lo más hondo de mi corazón y que con una simple mirada descubren en mi interior el secreto más profundo, el que solo tú conoces sin que te lo haya mencionado, pero no lo dices. Prefieres enterrarlo y olvidarlo, aunque debas recordarlo cada vez que me ves. Lo sabes pero no quieres que sea verdad, porque lamentablemente para ambos, no puedes vivir sin mí, pero tampoco conmigo.
Son las diez y cuarto, me que quedado embelesado viendo tu foto, mi favorita. Sostienes una zanahoria como si me fueras a apuñalar y la sangre corre deliciosamente por tus labios. Tu sonrisa se dibuja macabramente en tu rostro a medida que te acercas enarcando las cejas a punto de dar el golpe final, pero ¡oh dolor! Tus ojos hace horas que me han matado… ¡ah como me evoca fantasías aquella foto!
Habría seguido horas admirándola, de no ser por un peculiar sonido. De entre tantas ventanas abriéndose en mi escritorio, solo miro la tuya, que logra arrancarme una sonrisa en medio de ese dulce pesar. Y tú… no dices nada importante, no dices nada relevante, no dices nada inteligente, ni siquiera dices algo gramaticalmente correcto. No me importa. Solo escribes porque me quieres, porque de una u otra manera te importo, por hoy, eso es todo lo que necesito saber.
Ahora son como las once, y ya te has marchado. Es lo mejor, no me gusta que te quedes despierta hasta tan tarde. Mientras tanto reviso una y otra vez nuestra conversación, leo y releo hasta el cansancio. Son palabras vacías, superficiales, algo ingenuas e intrascendentes, sin embargo cada letra que me escribes tiene más significado para mí que todos los textos y poemas que he escrito en tu nombre.
Muero por escuchar tu voz, simplemente no puedo resistir el impulso, y te llamo.
Nada.
Nada más que el molesto pitido del teléfono antes de pasar a la inaguantable grabación del buzón de mensajes. Con un horrible dolor en el alma me dispongo a terminar estas líneas, con una amarga mueca de odio, no a ti, sino a mí cuando estoy contigo.
Son las doce de la noche y mi teléfono vibra.
-hola querido, ¿qué pasó?
-no es nada, solo quería escuchar tu voz unos instantes.
-¿estás bien? Tu voz suena algo apagada.
-será el sueño, perdón por molestarte
-no, algo más te pasa, pero si no me quieres decir fresco, mañana hablamos
-está bien… adiós
-te quiero
-yo más…
Y otra vez el molesto sonido, pero ya nada importa, solo que pude escuchar su voz.
Son las doce y media, y este texto inútil, lleno de divagaciones innecesarias, ya se ve lo suficientemente grande, me dispongo a dormir…
No puedo dormir, tengo a una mujer atravesada en mis pensamientos.