Hacia el este de aquella ciudad, esa en la que se paraliza el tráfico y que está rodeada por un desagradable halo de humo negro, se pueden encontrar algunos rastros de edificaciones antiguas, todas ellas en un estado deplorable, los techos de concreto casi por completo derruidos, las paredes de piedra pobladas casi por completo de una inusual capa de musgo (algo extraño al tratarse de un lugar por demás desierto) y las puertas, posiblemente labradas en madera, simplemente ya no están.
En estos días el visitar esa especie de ruinas podría resultar en un bonito paseo. Los niños correrían inquietos, se treparían a las destartaladas paredes y jugarían toda una tarde a retar a otro para ver quién sube más alto. Los padres los dejarían correr libres y se sentarían a relajarse, con la vista más al este podrían maravillarse al percibir con sus ojos kilómetros y kilómetros de nada. Absolutamente nada. Y es que las grandes ciudades nublan tanto los sentidos de las personas que no se imaginan lo reconfortante que puede ser la nada. El vasto desierto.
¡Oh! Vaya que sería un buen paseo, sin embargo nadie sabe como llegar. Nadie sabe que al tomar la ruta 736 a la salida de “el Marnayal” (un barrio que en sí mismo es la representación de la absoluta pobreza y a donde no podrás entrar si no esperas perder al menos un setenta por ciento de tus pertenencias, pero sin embargo posee un cierto encanto, supongo que a la gente les recuerda una época más simple) y conducir durante una media hora, al atravesar una pared de desperdicios que se puede identificar por un antiguo letrero de alguna especie de transportes llamados “Chevrolet” encontrarán un pequeño sendero que al final conduce a las ruinas.
Nadie sabe tampoco que de entre todas esas antiguas edificaciones, una se mantiene en pié. Se trata de un maravilloso ejemplar de lo que algunos presuntos expertos llamarían “la prisión modernista”. Posee la disposición espacial de un pentágono perfecto, en el centro permanece erguida una enorme torre (enorme solo en comparación a las edificaciones aledañas) en donde se presume los guardias montaban turnos para vigilar cada uno de los perfectos pabellones de ladrillo que nacen de ella y terminan, cual estrella, en cada una de las esquinas del pentágono.
Cada pabellón es en si mismo una obra de arte. Cada ladrillo ha sido colocado muy cuidadosamente para formar, entre todos, una sola armazón lo suficientemente dura para albergar presos tan peligrosos como debieron de haber sido los de aquella época. El techo está cubierto de un material muy extraño, parece algún tipo de metal, sin embargo no tenemos aún un nombre para él en esta época. Las puertas forjadas en el más duro bronce son casi imposibles de romper incluso para nuestras máquinas, por supuesto esto no es más que una conjetura, no es que se haya intentado jamás, como he dicho, nadie jamás ha entrado aquí. Ni nadie sabe que por el tragaluz de la torre del guardia, a las doce del día y en esta semana inusualmente despejada, un rayo de sol logra colarse, y alumbra desde lejos, en el sótano y moribunda a la última flor…

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