“Mi nombre es Pedro Altamirano, y soy tu hijo” fueron las palabras que ese extraño individuo le dio al general Pérez en aquella fría tarde de octubre. Desde hace más de treinta años que no había escuchado su voz, visto su rostro, sentido su mano… no, me equivoco… la verdad es que el desgraciado de Andrés Pérez ni siquiera había experimentado esas sensaciones una sola vez. Claro, a nadie le interesaría tener que responsabilizarse por un abuso del pasado. Después de todo así es como las cosas están destinadas a ser, y no hay nada que pueda remediar esta absurda situación.
Pedro tenía apenas cuatro años, estaba viendo un estúpido programa de televisión, de esos creados para hacer a los niños más estúpidos y que las madres permiten en sus hogares para poder librarse de todo el ruido y la incesante pelea que se debe librar para mantener a un niño a salvo, es decir, protegido de sus propias travesuras. Fue entonces que sucedió. A las tres en punto de la tarde un fuerte ruido se escuchó proveniente de la puerta de entrada. Fernanda Santina lanzó un grito de pavor al ver asomarse por ella a esa malévola figura que años antes había sido el origen de su perdición. El teniente Pérez, de las fuerzas especiales, se colaba por el agujero que acababa de crear en la puerta tal y como lo había hecho hace casi cinco meses. Fernanda jamás olvidaría ese día. Las fuertes manos del teniente, la despreciable determinación que dirigía cada uno de sus movimientos. La temible muestra de lujuria en los ojos de aquél que marcaría su primera y última ocasión.
De la misma manera vio sus ojos marcados de furia al entrar a su hogar. Aquella horrible tarde, el teniente entró sin previo aviso a esas blancas y frías paredes que durante tres largos años Fernanda había intentado convertir en un hogar para su hijo y para aquél hombre, El amable señor Altamirano, que tantas veces buscó demostrar si valentía, encontró la oportunidad aquella tarde.
En efecto, Pérez llegó, tumbo la puerta, encontró un poco de resistencia por parte del marido, que muy caritativamente había dado apellido a aquél niño aunque no fuera suyo, y al ver que estorbaba le insertó una bala muy cómodamente en su cráneo de tal manera que provocara un sueño tan profundo como para que nadie nunca volviera a despertar.
Sin embargo mucho tiempo ya ha pasado, la sangre que quedó en la baldosa ha desaparecido por completo. El niño que perdió a su familia aquel terrible día es ahora un hombre, sus padres adoptivos no son más que recuerdos, su infancia no es más que una ilusión, y sus sueños, sus ilusiones, sus fantasías, sus metas, han cambiado de repente, desde el momento en el que vio al orgulloso general, en un poderoso deseo de venganza. Y su madre, que con tanta ilusión lo crió esos primeros años, ahora no es más que una triste alma en pena, que de vez en cuando se pone a relatar esta historia…
Estas palabras no son anónimas
Hace 17 años.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Favor no comentar si está fuera de contexto. excepto Gaby, ya la costumbre... ella si, comente nomás.