martes, 5 de octubre de 2010

De porqué me cuesta escribir a veces...

… Y la menor, y re menor, y la menor, y la siete, y re menor, y mi mayor, y la menor, y fa mayor y mi mayor y la menor finalmente. Y así termino de interpretar a Nino Rota mientras me dispongo a comenzar a escribir. Apuro un vaso de ron para que empiecen a surgir las ideas y como si me hubiera olvidado de todo simplemente toco.
Toco porque la guitarra está ahí
Toco porque me encanta esa misteriosa canción
Toco porque no hay nada más para mí
Toco porque representa una vana ilusión
Toco porque ya me olvidé de escribir…
Maldición, escribir.
Después de todo me pongo a escribir mientras el piano me hace ojos desde lejos, y no puedo evitar mirarlo. Regreso a ver la hoja vacía como charola de limosnas y refunfuño ante el largo testamento que tengo que escribir. No me concentro ni siete segundos y corro hacia él.
Mi re mi re mi si re do la… do mi la si… mi sol si do… ah… escuchar a Beethoven sin duda es un placer, pero interpretarlo resulta increíblemente absurdo así que mejor me dedico a los arpegios de Jean Pierre Jeunet. No, no, a escribir.
Ah. Vamos. Solo serán unos minutos más, después de todo, tu vida es despertar, desayunar, salir, dormir, bajar, subir, estudiar, estudiar, estudiar, estudiar nuevamente, intentar comer, seguir estudiando, estudiar, estudiar, salir, subir, dormir, bajar, subir, seguir durmiendo, despertar, repetir. Algún rato tendrás que tocar. Y así se viene Jean Pierre.
Mi si sol si mi si sol si re si sol si re si sol si re si fa si re si fa si
La sol la si do si sol la sol la si la fa sol fa
Y Amelie baila sobre mi teclado… bueno ya estuvo
He tocado siglos y del escrito nada, voy por un tazón de gelatina. Las baldosas de la cocina están heladas y los metales hirviendo. Algo anda mal. No hay de qué preocuparse, de todos modos, el viajero de las tinieblas es inquieto por naturaleza. Regreso a mi cuarto por las paredes de sombra y ahora sí me dispongo a escribir. Las cuerdas de mi violín me llaman con su sonido tan bien sazonado. Podía oler sus negras notas a millas de distancia mientras escuchaba ese hermoso color madera que me sabía a triunfo y perfección. Bueno, no serán más que unos minutos de Bach antes de dedicarme a lo mío. Y los minutos se hicieron horas, las melodías conciertos, la gelatina agua, y los fantasmas injertos. Poco a poco todo cambia y abruptamente se termina. Dentro de poco será mañana y en una hora el año que viene. Dentro de toda esa confusión se me revela una conclusión. Me llena de angustia tener que admitir, que aquí yo ya no podré vivir. Y es que en mi cuarto, entre los libros y las pasiones, entre las tablas y los cajones, lo que habrá siempre y sin condiciones son demasiadas distracciones.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Favor no comentar si está fuera de contexto. excepto Gaby, ya la costumbre... ella si, comente nomás.