jueves, 13 de diciembre de 2012

Cuento Opinionavideño 1. "… y es que guardia y grinch se escriben con g…"


Hace aproximadamente un año, en Diciembre, tuve la suerte de encontrarme con un precioso piano de media cola en uno de los pasillos del Quicentro Shopping, en aquél que queda justo a la salida del nuevo Librimundi. Siguiendo una vieja costumbre de músico ambulante me acerqué a él, levanté la tapa lentamente, y comencé a tocar. Poco a poco los curiosos visitantes se reunieron alrededor del piano. Celebraban y cantaban junto a mí las melodías que alegremente interpretaba. No obstante, después de la tercera pieza musical, Un guardia de metro ochenta de alto, con tolete en mano se acercó, bruscamente tomó la tapa de las teclas y la cerró de un golpe contra la fina madera del teclado.
El temblor fue inquietante, un sonoro mix acústico de notas discordantes sonó fuertemente acabando con la apacible música mientras rostros de reprobación y tristeza se veían formarse en el público. El inocente piano, resentido por la fuerza del guardia, mostró su desagrado con una larga rajadura sobre su tapa mientras gemía de dolor.

“No se puede tocar este piano” dijo el guardia, “se desafina”. En ese momento, con un profundo dolor en el alma por el golpe que había recibido tan fino instrumento, me alejé de él y regresé, algo decepcionado, a mi casa.

Hace pocos días descubrí feliz la gran sorpresa, el magnífico piano estaba una vez más en el pasillo del Quicentro, sin embargo, por su seguridad, me limité a observarlo a lo lejos. Una comparsa navideña se exhibía, uno de los duendes, asombrado por mi penetrante mirada al piano, se acercó. “Ven, toca un par de temas mientras atendemos a los niños” me dijo. Yo como si del mejor regalo se tratara, me acerqué emocionado y comencé a tocar. La tapa estaba levantada, oculta en el cuerpo, como debía ser. Las teclas se mostraban ansiosas ante mis manos temblorosas de emoción. Cuando estuve a punto de entonar los primeros compases, un guardia, quizá el mismo, se acercó nuevamente, no obstante esta vez se limitó a decirme desde la distancia “no puedes tocar el piano, se desafina”. “Él sabe tocar, es para la comparsa” dijo el duende intentando solucionar la situación, sin embargo el guardia me levantó y me alejó del instrumento cerrando la tapa con exagerada suavidad.

Fue en ese momento en que vi lo que había ocurrido. El magnífico piano que un año atrás deslumbraba con su elegancia y belleza había sufrido de sobremanera la injustificada cólera del guardia. Tenía no solo una pequeña cuarteadura, sino que toda una parte de la tapa se había desprendido, además toda la estructura se había separado del mueble, por lo que la taba flotaba sobre las teclas descentrada y destruida.

Que pesar sentí en ese momento, seres inanimados con alma, destruidos por capricho y abuso de autoridad. No por juzgar pero si por hacer un juicio de valor he de decir que la gente debería informarse un poco antes de actuar. La prepotencia que les da a algunas personas el uniforme es demasiado grande para caber en él. Un piano, que por lo general se desafina cuando no es entonado, ha de sufrir las terribles consecuencias, y así, entre cafés, toletes y tarjetas de créditos, es como muere, un día más, la cultura en el Ecuador.

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