La matanza del dos de octubre
de 1968 en Tlatelolco, México, fue sin duda otro de aquellos hechos lamentables
que avergüenzan de sobremanera a nuestro continente, y a dicho país en
particular. Aún sigue por definir el número de bajas civiles que ocurrieron
aquel día en que, con motivo de protestar en contra de la represión y la
corrupción del Partido Revolucionario Institucional, miles de personas se
reunieron en una manifestación pacífica que terminaría en tragedia. La idea era
aprovechar la proximidad de los juegos olímpicos para llamar la atención y
generar verdaderos cambios. Esto, sin embargo, lograría atraer más atención
(del exterior) de la que habría deseado el gobierno mexicano, medidas debían
ser tomadas. Es ahí cuando todo se sale de control.
El ejército de turno tenía
preparada toda una escena teatral para dispersar a las masas. Decenas de
soldados infiltrados se mezclarían, con guantes o pañuelos blancos en la mano
derecha, entre las filas de los
manifestantes. Una vez allí habrían de disparar en contra de los uniformados en
lo que, aún se estudia el caso, sería un acto de fuego cruzado, sin víctimas,
que ahuyentara a las multitudes y las previniera de no realizar una nueva
manifestación. No obstante, como era de esperarse, algo salió mal. Los disparos
de metralla cayeron directamente sobre los manifestantes dejando un saldo que,
desde datos “oficiales” del gobierno, pasando por testimonios de las víctimas,
hasta suposiciones de periodistas e investigadores, se mide entre los 20 y 300
muertos.
¿Qué fue lo que salió mal? Acaso
habrá sido un error en la dirección por parte de los productores de esta
representación fallida. O quizá los actores no conocían con exactitud el
marcaje. El punto es que este tipo de teatros logran crear una poderosa
catarsis en el espectador, no lo niego, pero ¿a qué precio? La mala
distribución de recursos en una obra es culpa de los productores. En este caso
aquellos recursos que fueron desperdiciados en sobremanera fueron la vida de
los actores secundarios, los extras, los de rellenos, aquellos actores que ni
siquiera sabían que estaban actuando. Casos como este se repiten en toda Latinoamérica.
Sería difícil olvidar el último estreno, esta vez un “éxito local” en que un
actor novato, gracias a su gestualidad sobreactuada y la invención de diálogos
inoportunos, provocó la muerte de, lo que se discute todavía, unas 4 a 30
personas. Están claros los objetivos de estas obras sobre sus respectivos
países. Sin embargo, si de consejos se trata, he de dejarlos con uno. No intenten
ser actores en una obra dirigida por el gobierno, los “éxitos” de taquilla que
tenemos como referencia nos dejan clara una cosa: O les falta imaginación o les
sobra elenco, una de dos.

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