miércoles, 10 de octubre de 2012

Los políticos y sus simpatizantes, no sirven para el teatro.


La matanza del dos de octubre de 1968 en Tlatelolco, México, fue sin duda otro de aquellos hechos lamentables que avergüenzan de sobremanera a nuestro continente, y a dicho país en particular. Aún sigue por definir el número de bajas civiles que ocurrieron aquel día en que, con motivo de protestar en contra de la represión y la corrupción del Partido Revolucionario Institucional, miles de personas se reunieron en una manifestación pacífica que terminaría en tragedia. La idea era aprovechar la proximidad de los juegos olímpicos para llamar la atención y generar verdaderos cambios. Esto, sin embargo, lograría atraer más atención (del exterior) de la que habría deseado el gobierno mexicano, medidas debían ser tomadas. Es ahí cuando todo se sale de control.

El ejército de turno tenía preparada toda una escena teatral para dispersar a las masas. Decenas de soldados infiltrados se mezclarían, con guantes o pañuelos blancos en la mano derecha, entre las filas  de los manifestantes. Una vez allí habrían de disparar en contra de los uniformados en lo que, aún se estudia el caso, sería un acto de fuego cruzado, sin víctimas, que ahuyentara a las multitudes y las previniera de no realizar una nueva manifestación. No obstante, como era de esperarse, algo salió mal. Los disparos de metralla cayeron directamente sobre los manifestantes dejando un saldo que, desde datos “oficiales” del gobierno, pasando por testimonios de las víctimas, hasta suposiciones de periodistas e investigadores, se mide entre los 20 y 300 muertos.

¿Qué fue lo que salió mal? Acaso habrá sido un error en la dirección por parte de los productores de esta representación fallida. O quizá los actores no conocían con exactitud el marcaje. El punto es que este tipo de teatros logran crear una poderosa catarsis en el espectador, no lo niego, pero ¿a qué precio? La mala distribución de recursos en una obra es culpa de los productores. En este caso aquellos recursos que fueron desperdiciados en sobremanera fueron la vida de los actores secundarios, los extras, los de rellenos, aquellos actores que ni siquiera sabían que estaban actuando. Casos como este se repiten en toda Latinoamérica. Sería difícil olvidar el último estreno, esta vez un “éxito local” en que un actor novato, gracias a su gestualidad sobreactuada y la invención de diálogos inoportunos, provocó la muerte de, lo que se discute todavía, unas 4 a 30 personas. Están claros los objetivos de estas obras sobre sus respectivos países. Sin embargo, si de consejos se trata, he de dejarlos con uno. No intenten ser actores en una obra dirigida por el gobierno, los “éxitos” de taquilla que tenemos como referencia nos dejan clara una cosa: O les falta imaginación o les sobra elenco, una de dos.

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