Es ahora que yace en el punto más profundo de la quebrada aquel lúgubre personaje, con un elegante ropaje ahora carcomido por la podredumbre y la humedad, con una cicatriz en su muñeca y la reina de corazones tatuada en el suyo, espera ya con gran indiferencia la llegada del demonio sin paciencia, que sin más demora ni clemencia, lo condenará a su tan odiada penitencia.
Era yo un simple don nadie, pero sin duda el mejor de mi estirpe, sin oficio ni beneficio vagaba por el centro histórico, con el más elegante traje que alguna vez haya robado, negro y rojo como un naipe, y en el cinto escarlata, me guardaba las cartas. Retaba a los más notables individuos a una partida de cuarenta y apostaba queda claro, cantidades importantes que ni siquiera poseía, y como era de esperarse, jamás perdí una mesa, no por nada me llamaban El Señor De La Baraja, ¿mi verdadero nombre? Nadie realmente alguna vez lo supo, ya ni yo mismo lo recuerdo. Gastaba mis grandes recompensas en mistelas, canelazos y muy buena compañía, y así disfrutaba mi vida de placeres sin sentido, y nunca me disgustó, hasta que conocí a Anna María, aquella joven hija del alcalde, fue mi amor y perdición, nunca me dio el sí, pero cuando una quiteña dice que no, está diciendo quien sabe.
El hombre así apostó algo que no poseía, su alma al diablo vengador por el amor de Ana María, y en la primera barajada, doble ronda de ases sacó el diablo de tajada, y así cuarenta adquirió, y el alma al desdichado le robó, aquel hombre por primera vez en vida perdió, y por primera vez en muerte también, ya que al no poseer un alma para pagar su condena pasará la eternidad en dura pena, jugando cuarenta con quiteños alzados, robándoles el alma en busca de la propia, pero en vano tediosa labor cumple, pues su alma fue, es y será por siempre, propiedad de Ana María en alma corazón y mente.
Era yo un simple don nadie, pero sin duda el mejor de mi estirpe, sin oficio ni beneficio vagaba por el centro histórico, con el más elegante traje que alguna vez haya robado, negro y rojo como un naipe, y en el cinto escarlata, me guardaba las cartas. Retaba a los más notables individuos a una partida de cuarenta y apostaba queda claro, cantidades importantes que ni siquiera poseía, y como era de esperarse, jamás perdí una mesa, no por nada me llamaban El Señor De La Baraja, ¿mi verdadero nombre? Nadie realmente alguna vez lo supo, ya ni yo mismo lo recuerdo. Gastaba mis grandes recompensas en mistelas, canelazos y muy buena compañía, y así disfrutaba mi vida de placeres sin sentido, y nunca me disgustó, hasta que conocí a Anna María, aquella joven hija del alcalde, fue mi amor y perdición, nunca me dio el sí, pero cuando una quiteña dice que no, está diciendo quien sabe.
El hombre así apostó algo que no poseía, su alma al diablo vengador por el amor de Ana María, y en la primera barajada, doble ronda de ases sacó el diablo de tajada, y así cuarenta adquirió, y el alma al desdichado le robó, aquel hombre por primera vez en vida perdió, y por primera vez en muerte también, ya que al no poseer un alma para pagar su condena pasará la eternidad en dura pena, jugando cuarenta con quiteños alzados, robándoles el alma en busca de la propia, pero en vano tediosa labor cumple, pues su alma fue, es y será por siempre, propiedad de Ana María en alma corazón y mente.
